“El conflicto armado debilita la salud mental de nuestra sociedad, especialmente entre las víctimas del conflicto y en las poblaciones que residen en las regiones más azotadas por la guerra.  Esto se convierte en una de las secuelas más desgarradoras del conflicto.

La exposición directa a episodios de violencia y el desplazamiento forzado generan problemas emocionales como el trastorno de estrés postraumático, episodios de depresión mayor y desórdenes de ansiedad crónica. La incidencia de estos trastornos es de por sí alta en el país, pero es sustancialmente mayor entre las víctimas de la violencia. Por ejemplo, mientras que 5,4% de los colombianos han sufrido de depresión mayor alguna vez en su vida,  la incidencia entre las víctimas de la violencia es de 33%. De igual forma, mientras que 3,9% de los colombianos han sufrido un trastorno de ansiedad alguna vez en su vida, la incidencia entre las víctimas de la violencia es de 35%.

equilibrio-3Pero más allá del sufrimiento emocional intenso, los trastornos psicológicos también tienen consecuencias sociales y económicas preocupantes. De una parte, afectan la capacidad para relacionarnos con otras personas, para participar en comunidad y para tener vidas productivas. De otra parte, se convierten en otro canal que perpetúa la pobreza. En particular, los trastornos de ansiedad y depresión afectan el comportamiento y la toma de decisiones de las víctimas, llevándolas a sobredimensionar los riesgos y abstenerse de realizar diferentes inversiones, de abrir un negocio o de buscar un empleo. Así mismo truncan todas las expectativas de movilidad social y de recuperación socioeconómica, y llevan a la población a una situación de desesperanza.

 

Un país en paz estaría mejor protegido contra la enfermedad mental. Un país mentalmente sano contaría con personas más felices, con personas más emprendedoras, con personas más dispuestas a progresar. Un país con mejor salud mental tendría una economía más saludable.”

Andrés Moya es Economista de la Universidad de los Andes.