Por: Saúl Franco, Médico social.

Siempre me gustó el reto a la superación permanente que conlleva este lema. Tratar de hacer cada vez mejor las cosas es un desafío estimulante.  Además, es ejemplar tanto contenido en tan pocas palabras. Hoy, en plenos juegos olímpicos de Río de Janeiro, vuelve a provocarme y me lleva a referirlo a algunos de los retos de la sociedad actual.

El lema no fue acuñado propiamente para unos juegos olímpicos. Fue obra de un sacerdote dominico francés, Henri Didón, para promover en 1.891 unas competencias deportivas en el colegio que dirigía. Pero, como tuvo amplia divulgación en los primeros juegos olímpicos modernos, realizados en Atenas en 1.896, se convirtió desde entonces, y en especial desde los olímpicos de Munich en 1.972, en el lema olímpico. Correr más rápido, bien sea a pie, en bicicleta o en embarcaciones; pegarle con más fuerza y precisión a los balones o a las distintas bolas; alzar pesos cada vez mayores, o lanzar con más fuerza la jabalina o el disco, y saltar cada vez más alto, sigue siendo la meta de los deportistas, en especial de los que logran llegar a una olimpíada. Y es la razón de que en muchas competencias se superen marcas que antes se consideraban imbatibles.

Ha transcurrido mucha historia y se han disputado muchas medallas en los 120 años que separan a Atenas-1896 de Río-2016. Los 14 países que estuvieron en Atenas (sólo Chile de América Latina y ninguno de Asia ni de Africa), se convirtieron ahora en 205 de todos los continentes, más la simbólica e inquietante delegación de los refugiados. Los 241 atletas de aquella Atenas, todos hombres, se transformaron ahora en 11.400, con porcentaje casi igual de hombres que de mujeres. Y de 9 deportes en competencia en Atenas (no estaban ni el futbol ni el basquetbol, por ejemplo), se disputan ahora medallas en 42 deportes. Pero hay también enigmáticos elementos comunes. Uno de ellos: tanto Grecia como Brasil realizaron las olimpiadas en medio de gran inestabilidad política y serios problemas económicos.

Tres de los temas recurrentes en el acto inaugural de Rio-2016 hacen parte de los principales desafíos actuales de la humanidad, en los cuales hay que trabajar más rápido, más fuerte y con mayor altura. Son ellos: la cuestión ambiental, la igualdad en la diversidad, y la paz.

Por lo sucedido en la amazonia, por las luchas de los sin tierra y las complejidades de su urbanización, Brasil tiene plena conciencia del problema ambiental. De hecho, Río de Janeiro fue cede de la conferencia mundial sobre medio ambiente y desarrollo, hace 24 años. En este período, al tiempo que se han agravado el deterioro ambiental y la depredación de la naturaleza en todo el mundo, se ha incrementado también sensiblemente la conciencia de la responsabilidad, el cuidado y la equidad ambientales.

La gran diversidad étnica, cultural, religiosa, de género y opciones sexuales y políticas, que debería ser un factor de mutuo enriquecimiento, está llevando también a intolerancias, fanatismos, xenofobias y racismos que impiden la convivencia, incrementan las violencias e impiden el buen vivir al interior y entre los grupos y países. Algunas de tales diferencias, y las generadas por la pésima distribución de la riqueza, se han convertido en grandes inequidades, que generan hambre y carencia en muchos y abundancia en pocos, guerras, desplazamiento y terrorismo. La lucha por la equidad y la igualdad en la diversidad no debe ser entonces sólo un espectáculo mediático inaugural sino una tarea universal y cotidiana. Y ojalá el deporte llegue a ser uno de los medios para impulsarla.

La construcción de sociedades en paz fue el otro desafío global destacado en la inauguración de la olimpiada de Rio. En la coyuntura colombiana, en particular, tenemos la gran oportunidad y el deber ciudadano de trabajar por la paz aceleradamente, con más fuerza y mayor altura. Es decir: sin las mezquindades y miopías que están oscureciendo el horizonte.