Por: Saul Franco*

No es posible encontrar una forma más breve, categórica e inequívoca de expresar en palabras un acuerdo, confirmar una decisión o comprometerse con algo.

Dos letras de nuestro abecedario, sólo dos, son suficientes para resumir y significar este vasto universo de ideas, intereses, tensiones e intenciones. Salvo en el lenguaje de nuestros indígenas embera, en el que Sí tiene sólo una letra: Í, en la mayoría de las lenguas se necesitan más de dos para expresar esta síntesis constructiva. En inglés, francés y quechua se necesitan tres: YES, OUI y ARÍ, respectivamente. Y en náhuatl se necesita el doble de letras: QUEMAH.

Pero, a más de sintético, el SÍ es positivo y creativo. Es afirmación, común acuerdo, y representa un punto de partida, un puente entre la palabra y la acción. No es la carencia absoluta de dudas, pero sí la primacía de los argumentos a favor de algo. Y es el compromiso entusiasta de trabajar en adelante por aquello que se acepta, sea el amor o un trabajo, una causa o un contrato, una empresa o un camino.

El valor y la positividad del Sí no es la negación de la belleza e importancia potenciales del No. Se exaltan y valorizan recíprocamente. Son el cara y sello de nuestras decisiones diarias. En ciertas condiciones, el No puede darnos dignidad, identidad, exigirnos compromiso y ser el principio de otra manera de hacer las cosas. Un No a la intolerancia nos hace más tolerantes. Un No al maltratador puede empezar a romper la coraza del maltrato. Un No a la guerra, puede hacernos más civilizados y abrirle las puertas a la convivencia.

En el plebiscito que someterá a prueba democrática si los colombianos/as respaldamos o no los acuerdos de paz logrados entre el Gobierno y las Farc, tras cuatro años de pacientes e inteligentes negociaciones, todo lo definiremos el próximo domingo con un Sí o un No. Ambos valiosos, ambos –es de esperarse– responsables y conscientes. Y aunque acataré la decisión que se tome en las urnas, como espero que lo hagamos todos, no tengo la menor duda de que en este caso la palabra correcta es también la palabra perfecta: Sí. Y que en esta coyuntura finalmente no quedó espacio para la neutralidad.

Si lo que está en juego es el fin de una guerra degradada de más de medio siglo, en condiciones dignas para las víctimas y aceptables para ambas partes, lo correcto es votar Sí. Si las dos alternativas son: o ensayar, con riesgos por supuesto, una convivencia civilizada, o persistir en una guerra sangrienta y sin orillas, mi voto es por el Sí a la convivencia.  Prefiero las incertidumbres de la paz a la certeza de la guerra. Si el dilema es pagar por una vez los costos moderados de la paz, o seguir pagando indefinidamente los altos costos de la guerra, con mi Sí voy a rubricar mi decisión de pagar el módico precio de la paz y mi rechazo a seguir pagando por siempre los costos insostenibles de la guerra. Y si la cuestión se refiere a defender o no el Estado Social de Derecho, yo voto Sí al Estado Social del Derecho a la paz, del derecho a la justicia sin impunidad ni venganzas, a la salud sin negocios y a la equidad sin privilegios.

En esta oportunidad excepcional que nos da la vida en sociedad en Colombia, resultaría imperdonable anteponer la mezquindad de las envidias y los pequeños cálculos personales o grupales, o las miopías político-electorales, a la grandeza y generosidad que nos está demandando nuestro propio futuro y el de quienes nos sucederán. Después de tanto dolor y tanto odio en esta guerra, viene muy bien el aire fresco y alegre del triunfo de la paz posible, que vamos a celebrar y construir en clave de SÍ.

* Médico social.vc

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/palabra-perfecta-si