La víspera del plebiscito, en Radio Capital, terminé envuelto en un debate con el joven concejal del Centro Democrático Daniel Palacios.

Confieso que alcanzó a intimidarme la frenética vehemencia al exponer sus argumentos: “¿Ha leído este mamotreto?”, preguntó mientras batía una copia de los acuerdos.¬ “Los que voten por el SI aprobarán que criminales de las Farc lleguen al Congreso sin castigo por sus delitos”, agregó. Por el fuego en su mirada, por el atropello de sus palabras y por el bamboleo de sus brazos, lo vi como un prosélito de Torquemada, el inquisidor del siglo XVI.

Esa misma mañana, feligreses de una iglesia repartían volantes a favor del NO arengando: “Satanás guió las manos de los que firmaron los acuerdos”. En las redes sociales también trinaron algunos gamonales: “¡Soltaremos las biblias y empuñaremos fusiles!”.

Se destacaron en esta campaña posturas típicas del fundamentalismo, clasista y racista como el del Ku Klux Klan; religioso como el del Ayatola, e ideológico como el que sustentó a las Farc en su momento y aun sustenta al Eln en combate.

Sentí que el país está viviendo un oscurantismo pos¬moderno, en el que priman las pasiones vindicativas, las satanizaciones, las fobias, el odio, toda suerte de fanatismo que, por cierto, encuentran en la ignorancia el caldo de cultivo perfecto para prosperar como criterio mayoritario.

Entre tanto, resulta paradójico e insólito que el voto por el NO haya ganado en departamentos con los centros educativos más prestigiosos del país, en cuyas aulas todos confiamos en que se esté instruyendo a las nuevas generaciones sobre la participación democrática como un valor ético igual que la honestidad y la probidad, para garantizar que las campañas para los ejercicios electorales no tergiversen el sentido mismo de la democracia con argumentos perversos o fundamentados solamente por motivaciones pasionales de los líderes.

Debo decir que aquí le cabe una gran responsabilidad a nuestro sistema educativo al no incidir en otorgarle al estudiantado herramientas conceptuales y valores para defender su conciencia de la afrenta fundamentalista.

Termino con una estrofa que alguna vez me salvó de una afrenta callejera:
El arma del poeta es la palabra
Con ella puede, si quiere,
Sentar un valiente en la M del miedo
Romper con una tilde la A de la cárcel,
O nunca nunca decir y, si es preciso,
Romper su lápiz antes de escribir FIN.

alberto-lopez* Alberto Lopez de Mesa Arquitecto y Habitante de calle.

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/voto-fundamentalista